Pink Floyd. Se cierra el círculo perfecto

No sé si debo malgastar palabras en relación a algunas opiniones que ha suscitado The Endless River, el que va a ser el último LP de Pink Floyd, una de las mejores bandas de la historia del rock. No debo, sé que no debo, así que, simplemente, comentaré por encima que algún individuo que anda suelto por El Mundo ha tachado este último trabajo de “migajas de un tiempo mejor” o “un triste y soporífero final”. Respeto todas las opiniones, pero también poseo la capacidad de opinar, y en mi opinión es que este tipo de críticas, después de haber escuchado The Endless River, carecen de fundamento.


Prólogo

Syd Barret. Rick Wright. David Gilmour. Nick Mason. Roger Waters. Nunca estaré lo suficientemente agradecido por haber tenido el privilegio de escuchar vuestras creaciones. Tenía miedo Syd, tenía miedo de este último aliento de Pink Floyd. Lo tenía porque no estás desde hace mucho tiempo, porque pensé que ya nadie te recordaría. Richard, dudé, allá donde te encuentres, admito que dudé, por el rock star system del momento, porque el rock del S. XXI se tambalea, porque últimamente los discos de estudio se encuentran desalmados y parecen de plástico. Dave, nunca dudo de ti, pero te digo lo mismo que a Rick, y pude llegar a pensar que este disco sería casi un disco tuyo en solitario, qué equivocado estaba. Mason, pensé que tú pensarías igual que yo. Y Waters, Roger por favor, hazle un favor a la música y reconcíliate con tus colegas y sal de gira con ellos con el nombre de Pink Floyd. Millones de personas te lo agradecerían y solo se vive una vez.

The Endless River

Cuando escuché The Endless River, décimo quinto disco de Pink Floyd, se me pasaron por la cabeza infinidad de cosas. Flashes de mi vida, temores, experiencias, emociones. Hacía 20 años que Pink Floyd no daba a luz un nuevo trabajo. Se trata de un LP dividido en 4 suites instrumentales sacadas, arregladas y reinventadas de unas 20 horas de grabaciones instrumentales que habían grabado David Gilmour y Nick Mason junto con Rick Wright durante las sesiones de The División Bell en 1993. A esto hay que sumarle nuevas partes que han añadido a este material. Podríamos dividirlas en Caras A, B, C y D, lo que requeriría de 2 discos de vinilo. Cada parte con un puñado de canciones de corta duración con alguna que otra excepción de más de 6 minutos. Por lo que cuando me coloqué los cascos y  me dispuse a escuchar este acontecimiento con cierto temor y entusiasmo, no salía de mi asombro. The Endless River -cuyo título parece sacado de la letra de High Hopes, pieza del anterior disco, The Division Bell- crea unas atmósferas de ensoñación, con los espacios musicales bien definidos, con las pausas bien delimitadas en el pentagrama. Puro estilo Pink Floyd. Solo una canción es cantada y se trata de la última. Algunos estábamos deseando esto, Pink Floyd solo instrumental.

A destacar It’s What We Do, segundo corte, que es introducida por Things Left Unsaid. Escuchamos la guitarra de Gilmour, esos solos que hacen las delicias de los paladares sónicos más exigentes. Los sintetizadores y todo el conjunto melódico nos lleva de paseo por el concepto Pink Floyd, ese sonido que nos envuelve en Ebb And Flow nos está reafirmando en ese camino de más o menos medio siglo, unos 50 años de permanente evolución.

Entramos en otra fase de este camino con Sum. Excepcional el bajo y la atmósfera experimental que se crea, rememorando de forma épica ese Live At Pompeii, con una percusión completamente primitiva y unos punteos de guitarra que nos acompañarán junto al teclado de Wright casi de forma permanente. La misma dinámica sigue Skins, que acentúa y subraya todo lo que nos sugiere la anterior, sumergiéndonos en ese mundo caótico de sonidos. Con la calma suena Unsung, que nos sirve de introducción para Anisina, que nos puede recordar en cierta forma a momentos inolvidables de este pasaje que es la discografía de Pink Floyd. Escuchamos coros, unos coros que redondean la pieza, y la guitarra de Gilmour suena como nunca.

The Lost Art Of Conversation abre la tercera suite instrumental, con sonidos de un piano que se funde con un efecto de lluvia muy relajante hasta que llega On Noodle Street, que nos introduce una batería, punteos de guitarra, un ritmo de bajo sencillo pero hipnótico, y un aire jazzístico inevitablemente evocador. Y Night Light sirve de preludio al gran momento que es Allons-Y (1), de una gran fuerza. Autum ’68 se encuentra entre Allons-y (1) y Allons-Y (2), que todavía consiguen que el sonido tenga más robustez. Y Talkin’ Hawkin’ cierra esta tercera parte.

La última parte del disco comienza con Calling, una difuminación melódica en la que se funden los instrumentos in crescendo conformando una pieza única y completamente diferente a todo lo que hemos escuchado de Pink Floyd antes. No es casualidad que nos lo muestren en esta última parte. Es una declaración de intenciones en toda regla. Calling va ligada perfectamente a Eyes To Pearls, que manteniendo la misma atmósfera oscura y épica nos lleva con una guitarra acústica y un excelente slide guitar marca de la casa hasta Surfacing, que nos eleva con frescura y vitalidad junto con unos coros que se agradecen. Estamos ante uno de los mejores cortes sin ninguna duda, que nos lleva al delirio de Louder Than Words, una maravilla que pone la guinda a un gran LP. Precioso tema, el único cantado.

Estamos ante un disco que cierra el círculo más perfecto del rock. Una discografía que si bien algunos pudieran pensar que iba a verse manchada por un “triste final”, muy lejos de todo ello, se trata de un final digno de una banda como Pink Floyd. Un final en el que el sonido nos coge de la mano y nos lleva a 1964, donde miramos directamente a los ojos a un chaval alegre y desaliñado de Cambridge. Pero también nos arranca del suelo para que podamos ir a una sala abarrotada de gente que baila y se contonea sin rumbo fijo allá por 1968. Como si se tratase de Cuento de Navidad de Charles Dickens, esa fantasmal melodía nos dice que corramos a Pompeya, donde nos encontraremos con el albatros y un volcán que precedió las ruinas de un lugar que estuvo vivo y que lo sigue estando irremediablemente. A veces el fantasma nos lleva delante de aquella fábrica de Londres o en medio de un pasto de vacas, otras simplemente nos reta a derribar ladrillo a ladrillo un muro gigantesco que sin darnos cuenta hemos levantado delante de nosotros mismos. En este camino el fantasma consigue hacernos conscientes de todo lo que ha pasado, más bien con el deseo de hacernos herederos de la magia de un legado monumental que para hacernos sentir con remordimientos.

Así pues la historia de la música a estas alturas nos ha hecho contemporáneos de un coloso. Un coloso que es Pink Floyd. Este último trabajo es un homenaje, un compendio de perlas, una mezcla que nos define la evolución de Pink Floyd desde una barrica de vino que ha ido descansando. Hemos podido imaginarnos cómo sonaría el último disco de Pink Floyd durante los últimos 20 años, pero cuando escuchamos The Endless River sabemos que el último disco de Pink Floyd no podría haber sonado jamás de otra forma. The Endless River es un Gran Reserva, el último Gran Reserva.

Incluyo este enlace a una entrevista de la Rolling Stone en la que David Gilmour dice cosas bastante interesantes y necesarias sobre el disco.

Goodbye Blue Sky.
En memoria de Rick Wright, Syd Barrett y Storm Torgueson.
Seguiréis brillando siempre.