Moonlight…y todos seremos azules.
Crecer no es siempre fácil

Moonlight ha sido desde su anuncio esta mañana en los Oscar como mejor “film” la gran desconocida pero ganadora de la noche. Ha pasado por encima el torbellino La La Land para ser la elegida por el jurado estadounidense.

Sin embargo, yo la vi hace un par de semanas y parecía que apenas nadie la había visto. Eso sí, el Yelmo Cines Ideal de Madrid aquel 18 de Febrero, la sala se llenó. Yo acudí a razón de ver los dieces que medio mundo le cascaba. También viendo el trailer me figuré que la historia iría por unos derroteros que me sorprendían y me atraían a verla.

E hicimos bien. Es una película que habla de temas apenas conocidos. Uno de ellos, el ser seudo-adoptante de un niño desconocido, algo que ya se hablaba en Matilda (1996) y que supuso una de las tramas más originales que vi en mi infancia. En aquella película, la profesora se encargaba de una niña superdotada cuyos padres la tenían medio abandonada y aquí, en Moonlight (2017) lo vemos a través de la acogida en la casa de Juan (un narcotraficante) junto a su mujer de un niño llamado Chiron. En otros momentos me ha recordado a Precious (2009) por la complicada situación doméstica y a la vez, tan común.

“Every nigga’s a star”, frase reconocida de una canción del último disco de Kendrick Lamar influencia narrativamente la obra de Barry Jenkins dado que este rapero estructura su identidad con una “i” o una “u” según se refiera a sí mismo u a otra persona. En este film lo veremos a través de la estructuración de un primero Little, para después pasar a ser Chiron y por último Black.

A partir de aquí hay algunos Spoilers, así que corre a ver la peli y vuelve antes de seguir leyendo

La evolución personal siempre nos hará ser más precavidos con el mundo donde vivimos. Pero Chiron debe hacerse cargo de ese cambio, de esa elección muy tempranamente en su vida. Convive con su madre, adicta al crack mientras intenta reconocer cuál son sus deseos internos, sus anhelos y su sexualidad. Es un film introspectivo, de pocas palabras y porqué no decirlo, de velocidad reducida.

Son casi dos horas pero en algún momento te preguntarás por el reloj. El film no tiene la culpa, calidad cinematográfica excelente y música que resulta intrínsecamente mágica (como si camináramos nosotros mismos bajo la luz de la luna) hace de la película un film recomendable. Sin embargo estamos ante un protagonista parco en palabras, del que nos enternecemos y nos asustamos y siempre nos acabamos identificando.

También sobre las injusticias. De cómo el compañero de instituto sale indemne de una pelea física dentro del recinto mientras él es enjaulado media adolescencia por lo que cualquiera de nosotros, llegado un momento de desesperación haríamos en pos de un futuro sin amenazas y violencia. Sin embargo parece que Chiron no puede deshacerse de esa violencia porque se pega en su piel, en las paredes de su casa y en su futuro.

Cuando nos acercamos al final, vemos que la misma agua fría que le restablecía después de una pelea es la misma que le hace despertarse años después. Como si de una metáfora sobre un ave fénix humano se tratara, Chiron resurge como Black para tapar todo aquello que el pasado no le deja ocultar. La homosexualidad, el deseo o el orgasmo está tan directamente contado que me hace replantear porque el resto de las películas no nos habla como adultos como esta película sí hace.

Porque estamos ante la historia de convertirnos en adultos. Seamos de la raza y edad que tengamos. La maduración llega cuando tu madre está adicta al crack o mientras esperas a tu padre en el psiquiátrico cuando tienes once años. Todos maduramos en momentos duros. Y las infancias no son bonitas. Pero al menos, no todo va a ser Boyhood (2014) aunque aquí ya se hablaba de la idealización de la primera etapa vital, sino un Moonlight (2017) que nos habla de que si hay algo que nos preocupe, nos desconcentre o nos asuste será en cualquier momento. Seamos niños, adolescentes o adultos. Todos somos azules bajo la luz de la luna, porque todos corremos hacia ella para reflejarnos y vernos más lejos de la realidad. Para ver en el mar una nueva oportunidad de renacer, de evolucionar. De crecer.