Luces y Sombras de Jessica Jones

Netflix lo ha vuelto a hacer. Nos ha vuelto a enganchar a una serie y no a una cualquiera, sino una serie de Marvel. Basada en el personaje de Jessica Jones, una investigadora privada, ha conseguido que millones de personas caigamos rendidos a este personaje y el producto audiovisual que de ello ha derivado.

Terminada la primera temporada (y conociendo el “efecto Netflix” el cual consiste en no dejar de ver episodio tras episodio al estar todos disponibles desde el primer momento), vamos a analizar las grandezas y las faltas que ha tenido la serie.

En primer lugar, no reveláremos ningún spoiler. Nos quedaremos con el producto terminado y con las sensaciones que éste nos ha producido.

Nueva York es, junto a Jessica, el personaje principal de la serie. La ciudad funciona a modo de tablero de ajedrez donde gracias a las distintas piezas (Jessica, Trish, el agente Simpson, Kilgrave) puede respirar. Es en ese entorno, nocturno y misterioso, donde se producen todas las acciones y conflictos.

Jessica, por su parte, es una heroína en horas bajas. Pero no por ello, la hace menor o aburrida. Su fuerza reside en transformar esa depresión en motivación. En definitiva, en esperanza.

Y es esa esperanza (“Hope” es otro de los personajes que aparecerán a lo largo de la temporada) uno de los raíles por donde discurre las historias.

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Las luces y el gran trabajo de iluminación que han logrado a pesar de encontrarnos en un entorno casi siempre oscuro (incluso cuando estamos en el apartamento de Jessica) es uno de los grandes puntos a favor a la hora de analizar el producto en sí. Nos recuerda a “The Wolf Among Us” en determinados momentos: los callejones, las morgues y los bloques de pisos son dignos de tener en cuenta. En otros momentos podemos ver retazos noventeros a más puro estilo “Desafío Total” cuando nos adentramos en la salida de los bares y en las peleas callejeras.

Sin embargo, una heroína necesita de un villano. Si no, no sería una historia propia de Marvel y sin éste, careceríamos de los matices necesarios para construir un buen relato. Narrativamente, nos muestran a éste en pequeñas dosis porque el villano en sí es uno de los más grandes que hemos podido ver en los últimos años en televisión.

Tennant (conocido por “Dr.Who”), interpreta a Kilgrave, y es capaz de hacerte recordar sus gritos de “Jessica” por las calles de Nueva York incluso cerrando los ojos. La manipulación mental de la que alardea y que es su superpoder, en contraste de la superfuerza de la protagonista, atraviesa la pantalla y nos hace pensar que detrás de ese monstruo puede haber alguien bueno. Que puede obtener la redención aún sin merecerla.

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Y es por ello, que Jessica tiende a dar nuevas oportunidades. En su persecución siempre hay un atisbo de querer pensar que la humanidad no puede ser mala. Simpson, el agente de Policía que ayuda a Trish y a Jessica a atrapar al villano, se lo advierte en varias ocasiones: “has tenido la oportunidad de matarlo, pero aun así no lo has hecho. Parece que quieras protegerle”.

Las sombras o faltas más destacables de la serie se han encontrado en la ejecución de algunas peleas, la carencia de profundidad de algunos personajes y el exceso de protagonismo de otros no tan relevantes para la historia principal, así como una banda sonora algo pobre.

Es en esa protección donde reside la esperanza por ambos bandos. Por parte de la heroína, de creer que podrá con el mal, allá donde esté (desde la ventana mientras investiga un caso, entre la multitud de la ciudad, desde la propia inconsciencia de la manipulación mental) y el villano mantiene la esperanza de lograr todo lo que quiere sin merecerlo.

Nuestra “Sherlock” femenina ha resultado una de las revelaciones del año. Junto a Daredevil, recomendamos su visionado en Netflix (en versión original se pueden apreciar los matices británicos del villano y el énfasis de la voz de Jessica).

La primera temporada, de trece episodios, tiene varios puntos sin retorno donde no se puede parar hasta verla por completo. Ni siquiera Kilgrave podría.