DIARIO DE UNA FEMINIDAD CALLADA
...y una voz interior rota

Recuerdo cuando la madre de una amiga nos quiso maquillar para finales de curso. Cuando la vi pintando a mis amigas y le giré la cara. No fue rechazo. Tan solo que no quería ser maquillada. En aquellos momentos, con tan solo nueve años, supe que no quería representar ser niña con un maquillaje de purpurina.

A la madre de esa chica le sorprendió, y en parte, a mí también. Había oído que eso era lo que me pertenecía por ser niña, ser maquillada era lo que tocaba. Y yo me miraba al espejo y sabía que sentirme mujer no dependía de aquellas purpurinas pegadas a mis ojos.

Pasó el tiempo y de nuevo, pensaba que me rebelaba ante esas ideas poniéndome una coleta cuando iba al instituto. No quería mostrar mi melena ni ponerme guapa, porque para entonces observé que el comportamiento que hasta entonces habían tenido los chicos conmigo y con mis compañeras ya era diferente.

Intentaban hacer gala de su valía, de levantarme a pulso como muestra de «mirad, qué fuerte soy cogiendo a esta chica y poniéndomela sobre los hombros». Suerte que mis dientes hicieron que esa idea equivocada que a él le habían inculcado sobre que la fuerza es sinónimo de masculinidad mientras que la delicadeza y el maquillaje era símbolo de feminidad, se esfumara en cuanto notó mis dientes sobre sus manos.

No volvió a cogerme. Y yo no me volví a maquillar hasta años después.

Sentía que a través de esos dos mecanismos inconscientes (porque la autoconsciencia de que aquello formaba parte de un pensamiento que iba haciéndose espacio en mi cabeza viene de ahora, del futuro) estaba callando la feminidad estándar. Mi feminidad.

Llegó la universidad y mantuve la misma estrategia, permanecí invisible incluso para la gente que me rodeaba. Sabía que sería sencillo hacerme de un grupo si fumaba, bebía, o me maquillaba y vestía como las chicas que veía a mi alrededor. Pero no dejaba de pensar que eso era como una cárcel impuesta para que pudiéramos estar dentro del mismo margen. Para que fuéramos reconocibles.

A todo ello me sentía mujer. ¡Y cómo no iba a sentirme! Si cada mes tenía tres días de cuchillos en el bajo vientre, si sentía que un profesor me decía “chicas como tú se las comen en algunas islas del Pacífico”, si mi nombre echaba para atrás en según que áreas por ser solo mujer. Eso era el día a día y por eso, de allí, me fui.

Fueron pasando los años y mantener la escritura siempre me ha ayudado a mantenerme despierta y con ganas de seguir hablando de lo que me ocurría. Mi femeneidad seguía íntriseca a mí porque yo permitía cómo debería salir o cómo no quería que jamás saliese (lo que normalmente se ve en los cánones de la publicidad y de los medios).

Por ello, ahora, con veinticinco años no me he puesto jamás unos tacones. Y no pasa nada por ponérselos. Lo que no quería es la imposición de tener que vestirlos si yo no quería. He ido viendo mi circulo interior acercarse solo a ese tipo de calzado porque las normas externas se lo exigían: que si el trabajo, que si para ir de fiesta…pero no sé hasta qué punto alguien quiere ir de puntillas durante horas para lucir mejor. Eso es la opinión de cada uno y lo respeto. Yo no quiero formar parte de eso, y por eso, me quedé sola.

Volvía a ser invisible. Hasta que un día me cansé y dije “porque no pruebo a ponerme vestidos, maquillarme y seguir el patrón establecido” y ¡Voilá! Los chicos por la calle me miraban, las mujeres me decían que “estaba más guapa” y en mi alguna parte de mi familia, ya parecía que al menos existía. Eso era algún tipo de poder que me dieron unos cosméticos y vestidos baratos con los que no me familiarizaba del todo. Estaba madurando y podría llegar a pensar que no me disgustaba la idea de ser mirada y de tener algún tipo de posibilidad para socializar. Pero al mismo tiempo me daba asco que siendo la misma persona, si me ponía una determinada máscara, empezaba a tener la atención de mi alrededor.

Diría que mi mejor amigo es también mi pareja. Y con él aprendí a que no estando maquillada también podría estar preciosa y que esa voz interior que autoboicoteaba venía de las series y películas que mostraban, como el cartel de un baño público que marca el género solo a través de una falda y un moño o coleta, que aquello no era la feminidad que me habían vendido. Que solo es la que tenemos dentro y se desarrolla con las características que adoptemos cada persona.

Podemos sentir la feminidad de mil y una maneras. Yo la siento cuando tengo que reconocer mi género ante otros, soy mujer y me siento mujer.

ME ENCANTA SER MUJER. Sé que los obstáculos nos están matando de mil y una maneras: desde el manspreading al que combato abriendo yo más las piernas, hasta tener la certeza que un texto haya sido tratado con menosprecio solo por llamarme Sofía y no Juan. Y sin hablar de la violencia de género, que es retratada en una película tan reciente como “Yo, Tonya” y se lleva las risas del público en vez del estupor ante dicha escena. Este es el mundo que nos ha tocado y por eso, desde mi posición, el día 8 adoptaré la huelga feminista y escribo este texto antes de ese día.

No quiero trabajar ni estudiar ese día. Ese día tampoco cuidaré de la casa. No quiero formar parte de ninguna responsabilidad porque es necesario que el mundo reconozca de una maldita vez que somos iguales como los hombres. Nuestra fuerza es grande ya no solo por formar parte de la mitad del planeta sino porque somos la fuerza que ha evolucionado en secreto, con una voz callada.

Con una voz rota. La feminidad puede estar callada, y pasar décadas así, pero es hora de despertarla. Mi voz comienza a oírse más allá de mi mente, de mis obstáculos y de los prejuicios establecidos. Espero que mi voz no vuelva a romperse nunca más. 

Foto de portada: Carolee Schneemann. Eye Body