De la Innovación a la Nostalgia

Rock Band 2 y Wario Land. The Shake Dimension

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En los últimos tiempos he formado parte de una banda de rock y yo tocaba la batería. Los comienzos siempre son duros, pero yo y mi banda supimos sobreponernos a las adversidades y logramos un sonido maravilloso y contundente. Por desgracia, carecemos de creatividad y no se nos da bien crear y componer canciones nuevas; ahora, lo que hacemos perfectamente son covers. Tocamos Let There Be Rock de ACDC, con la cual ponemos a toda la gente como loca y saltando y gritando, también podemos deleitar tocando Aqualung, de Jethro Tull… Imagínense, en esta última canción, la gente, hacia la mitad se pone a cantar con nosotros, es una buena sensación. También interpretamos con precisión canciones de los Who, de los Foo Fighters… e incluso esa nueva de los Guns & Roses. Que mala suerte, aporreo los platillos y los tambores de la batería mil y una veces tocando esa canción de Axl y no logro acordarme de cómo se titula. Bueno, es igual, ya saldrá, lo tengo en la punta de la lengua. Fíjense, todo no ha sido un camino de rosas en esto de montar mi grupo, al que le pusimos de nombre Landscapeclose. Esto de los momentos difíciles lo vengo a comentar porque alguna que otra vez nos han ofrecido mucho dinero para tocar canciones que son extrañas a nosotros, vamos, que no nos gustan nada. Canciones Happy Punk, o así como pop inglés retraído y enmohecido. La verdad, no da nada de gusto cuando necesitas el dinero y básicamente te tienes que prostituir dejando que te metan… Oh, perdón, casi digo algo que no se debe decir.

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El caso es que la banda de música que he creado no es del todo real, os he mentido un poquito, o más bien os he ocultado algo. No se lo digáis a nadie, esa banda la he formado en mi habitación, donde yo duermo, leo, veo películas, y si, juego a la consola. Ella (la consola) es la que ha producido -con la ayuda de un juego de Harmonix, EA, o qué sé yo de quien es- esta situación. El caso es que en mi habitación apareció de un día para otro una batería, metí un disco compacto en la consola, lo conecté todo muy pero que muy bien y me puse a tocar con ese grupo que os he comentado antes. La verdad es que empecé en el nivel más fácil, pero viendo que lo tenía más que superado a las dos o tres canciones, me pasé al nivel medio. En el nivel medio tuve unos dimes y diretes pero conseguí finalmente imponerme a la situación hasta completar todas las canciones con cinco estrellas de puntuación. La verdad es que la sensación de tocar la batería es casi plena. No sé si es plena del todo porque no sé tocar bien la batería de verdad, pero desde luego que la sensación es más que satisfactoria. Al principio era mi madre la que me llevaba todo el tema de los conciertos, me lavaba la ropa de las actuaciones y me aconsejaba ciudades donde tocar. Pero, como suele pasar, nadie es profeta en su tierra, y mi madre resultó no ser lo mejor para mi carrera musical. Así que fui contratando a gente diversa hasta que dí en el clavo, un hombre que le llevó todo el tema de conciertos y dinero a los Rolling Stones. Gracias a él pude ir por toda la costa este de los Estados Unidos dando conciertos a los que cada vez iba más gente. Pero todo hombre y, por tanto, todo músico, tiene sus limitaciones, y las mías llegaron pronto. Un día cualquiera me dijeron que si seguía tocando con mi grupo canciones tan fáciles no tendría más fans. Nos tocó arriesgarnos y tomé la decisión de subir al nivel difícil. Una vez instalado en este nivel y comprobado con una canción del gran Bob Dylan que no tenía nada que hacer en el arte de la percusión, cogí una depresión. Mis manos no eran lo suficientemente ágiles y rápidas, mi pierna se acartonaba en la parte de la tibia y el peroné de presionar tantas veces el pedal, y mi cara sudaba y sudaba. Era un desastre, el nivel difícil es demasiado complicado para un servidor. Simplemente me sentía impotente, no podía hacer nada; fallaba y fallaba. Si, podía terminar los directos sin que me tiraran tomatazos y derivados, pero de cinco estrellas que lograba anteriormente ahora solo conseguía un máximo de tres.

Después de todo aquello no volví a tocar con mi grupo en un mes. No quería ir a los ensayos ni quería ver a nadie relacionado con la música. Hasta contraté a un gurú, con el riesgo que ello conlleva, en vistas a mi posible aunque remota recuperación. No había forma, Landscapeclose estaba destinado a no pasar de ser un grupo de covers facilón y con menos de un millón de fans. En cuanto lo supe, dejé de deprimirme, sencillamente comencé a tocar con mi banda para divertirnos, sin intención de comernos el mundo. Además, estaba claro desde el principio que dedicándose a realizar covers no podíamos llegar muy alto. En fin, ahí sigo, con mi banda de rock, una banda cualquiera.

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No obstante, al renunciar a las altas esferas de la música tuve más tiempo libre. Lo primero que hicé en cuanto dejé un poco de lado la banda fue desenpolvar mi Wii y ponerme un juego, creo que se llama Wario Land y no sé qué más. Llegó a mis manos de forma inverosímil y al poder ver a un hombrecillo parecido a Mario, algo así como su alter ego, pues me propuse perder un poco de tiempo en él. Nada más comenzar a jugar noté algo especial. Era un videojuego de plataformas a la antigua usanza, con sabor totalmente añejo, pero con ciertas modificaciones fruto de las nuevas tecnologías. Al principio fuí reticente a tener que mover tanto el mando de mi consola Wii. Además, me parecía incómodo coger ese mando alargado en horizontal. De todas formas, las consecuencias a modo de callos que pudieran producirse en mis manos eran tapadas y aplastadas por algo. Ese algo fue la estética, el sentir visual del videojuego. Sospeché algo extraño y me levanté del sillón para observar si estaba bien metido el cartucho. ¿Cómo, no hay cartucho? Es cierto, que tonto que estás, pero si este juego acaba de salir y está en otro formato que no se parece en nada al cartucho, ¡nunca tendrás que soplarlo! El caso es que ese lapsus que tuve me hizo pensar. Pensé que me encontraba con un juego de cartucho, de esos incunables que tanta nostalgia hacen sentir.

Cuando llevaba dos horas jugando ni me enteré de la incomodidad del mando y se me hacía muy fluido y divertido. Me enteré de que era tan tarde porque miré por la ventana y observé que era de noche. No me lo podía creer, ¿cómo es posible que el tiempo pasara tan deprisa? Todo ayudaba a que eso se produjera: la música excepcional, los gráficos en 2D esplendorosos, el control (que cada vez me iba gustando más), la adicción que hace que no quiera soltar el mando por nada del mundo… Desde hacía mucho tiempo que no disfrutaba de esa manera con un juego de mi consola Nintendo. Y sabéis una cosa, saliéndome ya de todos estos temas; es simplemente una cuestión no trivial: ¿Para qué me ha servido el fotorealismo y un motor gráfico descomunales? Perdonad si les soy grosero: ¡para nada!

Con el tiempo dejé de tocar con la banda (solo esporádicamente lo hacía, aunque he de reconocer que era muy divertido) y me pasaba mucho más tiempo delante del televisor del salón. Dentro de la pantalla revoloteaba un hombrecillo grueso y con bigote que se hace llamar Wario.