Cómo entrenar a tu dragón

Esta vendría a ser una de esas películas que acaba siendo lo contrario de lo que pensabas al entrar en la sala de cine. Lo que parece ser una cinta de animación más de DreamWorks, resulta acercarse un poco a una mezcla superficial de “Pedro y el dragón” y “Stitch” (maldita sea, el dragón protagonista es un Stitch del Bronx, que no me digan a mí), que dejando atrás las apariencias de comedia para niños, en el fondo pareciera ver la esencia de películas más maduras como “Dragonheart” o, muy muy lejanamente, “Dragonslayer“. No hay canciones, ni tampoco escenas exclusivamente cómicas o un “y vivieron felices y comieron perdices”. Sólo una historia de aventuras y batallas vikingas que contar sobre la relación de un padre (Estoico) con su hijo (Hipo) y la de este con un mundo desconocido. La extraordinaria música y las escenas de vuelo (cágate lorito con la batalla final) son la guinda del pastel.

Sin embargo, y a pesar de ser una hora y media realmente entretenida, el desarrollo de la relación Estoico-Hipo podría haber usado un poco (poquiiiiiito) más de fuerza emocional, así como otras cuestiones trágicas, que pronto se ven casi trivializadas. Por suerte, para el romance de rigor se olvidaron el saco de azúcar en casa y tuvieron que conformarse con unos terrones, con lo que no resulta tan empalagoso como en muchas otras películas.

Si vais al cine y la veis en cartelera, “Cómo entrenar a tu dragón” es sin duda una buena elección, pero si estáis pensando llevaros a hermanos o primos, no lo recomendaría a  menos que tengan más de trece años, o les veréis bostezar bastante: no es un Toy Story o un Shrek.