Bob Dylan and his Band

Alicante, 2 Junio de 2008

Una prueba más del caótico y sin sentido mundo en el que vivimos. Bob Dylan, el gran, mítico Bob Dylan, actúa en Alicante, y Warclimb envía a cubrir el evento a su especialista en cine. No pregunten. Aunque habida cuenta del fin (no lo negaré, un tanto abrupto y precipitado; alegaré ante ustedes, jurado y juez, motivos personales) de la primera temporada de Cine en la Historia, no me importó meterme en campos en principio ajenos. Vamos, que tenía la entrada desde hacía tiempo.

Ya en la cola se notaba nerviosismo, excitación, prisas. Una ecléctica cola, todo hay que decirlo. Jóvenes, y no tan jóvenes, muchas personas de cuarenta, cincuenta, sesenta años, lo cual dice mucho de la trayectoria de Robert Allan Zimmerman, alias Bob Dylan. Y ahí estaba yo, todavía sin creerme mucho que iba a ver en directo a uno de mis músicos de cabecera, cuyas letras suenan en mi cabeza, y en mi corazón. Poco a poco, el Centro de Tecnificación iba llenándose, mientras asistíamos desinteresadamente (y con una cerveza de cuatro euros en la mano) al telonero de toda la gira española de Dylan, y del que ya he olvidado el nombre, la cara, la música. Dos horas de espera, y ante la mirada atónita, enfervorizada, los gritos, y los aplausos de las más de tres mil personas allí congregadas, Bob Dylan entraba en el escenario acompañado de su banda: a la guitarra, Denny Freeman y Stu Kimball; al bajo, Tony Garnier; George Recile a la batería; y al violín, viola, mandolina, junto con guitarra y bajo, Donnie Herron. Detrás de un piano, escondido con uno de sus míticos sombreros, serio, seco, Bob Dylan. Comenzaba el concierto.

Dos horas después, sentimientos contradictorios se agolpaban en mi interior. No fue ni el mejor concierto al que he asistido, ni siquiera un gran concierto. Pero sin embargo sé que tendrá un lugar especial en mi memoria para siempre. No hubo espectáculo (quien quiera conciertos-espectáculo, que se vaya a Rock in Rio, o al pasado concierto de Radiohead donde también hubo, cómo no, corresponsales de Warclimb): un escenario grande, pero sencillo; iluminación simple, suficiente; nada de pantallas gigantes, tan sólo algunas proyecciones en muy contadas ocasiones. Bob Dylan llegó, cantó, y se fue por donde había venido. Sólo se dirigió al público para presentar a su banda, y apenas levantó la cabeza del piano para ver qué canción seguía. No tocó su guitarra Fender Stratocaster, aunque sí levantó ovaciones al soplar su armónica, quizá porque nos recordaba a un Bob Dylan pasado que nos gusta mucho más que el actual. Pero hay que ser objetivos, el Dylan de los 60 y 70, el de “Highway 61 Revisited”, murió hace tiempo. Mis escasas esperanzas de oír tres de mis canciones favoritas de siempre (“Blowin´ in the wind”, “Hurricane”, “Knockin´ on Heaven´s Door”) se desvanecieron pronto. El Dylan de ahora es diferente, y para gustos los colores (¿no dice la crítica que “Modern times” es una obra maestra, por más que a mí, pese a gustarme, me parezca un tanto monótono y repetitivo?). Este es el Dylan del nuevo siglo, y así lo quiere hacer ver y oír. Más o menos como en el resto de su gira española (11 conciertos, dentro de los casi dos mil que lleva ya; por algo la gira se llama Never ending tour), la selección deambuló entre canciones del “Oh mercy” de 1989, y sobre todo el “Modern times” de 2006, pasando por el “Time out of mind” de 1997. Muy poco de los 60 y 70. Comenzó con “Maggie´s farm”, y luego fue variando entre rock, pop, country, folk… “Rollin´ and tumblin´”, “Just like a woman”, “Don´t think twice, it´s all right”, “It ain´t me”, “Things have changed”…

Al final, como decía, sentimientos contradictorios. La gran mayoría de las canciones ni me las sabía ni me gustan especialmente, algo creo yo imprescindible para disfrutar en un concierto. No estaba solo. Mucha gente allí opinaba como yo, entre ellos nuestro reportero gráfico, Pablo del Val, responsable de las fotos que ilustran este artículo. Además, si Dylan tiene medio millar de canciones (de 43 álbumes), estas se multiplican por dos dadas las versiones que realiza de ellas, hasta tal punto que algunas llegaron a ser difíciles de identificar (reconocí “Maggie´s farm” casi al final). Pero así es Bob Dylan, y lo sabemos. Y, con todo, se portó. Casi dos horas de concierto de música ininterrumpida, un pedazo de banda que apenas precisaba de la voz rasposa, cascada, y algo envejecida (a veces no cantaba, tan sólo hablaba o susurraba sus magníficas letras) de su líder, un público entregado, ¡y hasta dos bises! Sí, amigos, al final conseguimos arrancarle a tito Bob dos bises. Costó, pero ahí estuvieron, y el segundo fue nada más y nada menos que “Like a rolling stone”. Sólo por eso, merecía la pena.

Por eso, y por la paz, tranquilidad, y orgullo que me produce el haber estado en el concierto de uno de los más grandes genios de la música de la historia.