Black Mirror: O el futuro visto desde la paranoia
Niños, niños, futuro, futuro

Sin duda, Black Mirror deja huella. La serie, que acaba de estrenar su tercera temporada en Netflix, son de esas que no consigues despegar cada vez que miras a una pantalla (a un espejo negro) donde se refleja tu rostro. Día a día, tras el móvil, el pc, el pórtatil, la tableta, el monitor al jugar a la consola….Estamos llenos y rodeados de entretenimiento digital e instántaneo, que queráis o no nos convierte en adictos. El simple hecho de buscar nuestro smartphone entre los bolsillos de la chaqueta, de buscarlo en el sitio del salón donde siempre lo dejas…da indicios de que algo ocurre. La tecnología ha llegado para quedarse.

¿Y cómo empezó todo esto?

Pues con el consumismo desmesurado y la obsolescencia programada llevada a cabo desde los años 90. Un genuino señor Gates abría la informática al pueblo mientras que el misterioso Jobs se quedaba con los universitarios, asalariados y hipsters de todo el globo. Pero al mismo tiempo, nos dejábamos llevar por la oleada del placer que producía cada click, cada tecla, cada recompensa disfrazada de sociabilidad.

Series como Black Mirror nos abre una temática temida donde las Redes Sociales son el nuevo poder. Me gusta llamarlo “el sexto poder” porque mientras que el quinto decía que “la información es poder”, las redes sociales nos da el poder a nosotros. Nosotros somos información, que anda, corre, come, bebe, folla. Todo ello está registrado en nuestros pequeños aparatitos a los que dejamos que sigan accediendo. Conocen nuestros gustos, intereses, etc. Qué casualidad que ahora se pregunte más sobre si queremos o no aceptar las “cookies”, cuando éstas ya saben el siguiente click online, el siguiente producto a elegir.

Pero centrémonos en lo que es la serie. Es una secuencia de episodios con una historia única y diferente en cada uno. No se trata de una serie al estilo “Sherlock” (de similitud estética puesto que también es británica) donde cada episodio es un caso. No, no. Es una serie donde se da lugar a tramas completamente opuestas y distintas, cambiantes en cada capítulo. Se podría decir que son cortometrajes, pequeñas películas de una hora de duración (algunas más y otras menos). La temática general es la tecnología en diferentes formas y en distintas épocas. Porque algunos capítulos podrían darse en la actualidad (como el 3×03) mientras que otros podrían estar a 50 años de distancia (como el 3×04).

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A todas les une la utilidad (más o menos buena) de la tecnología. Y también les une la paranoia, la esquizofrenia y el miedo hacia ellas. A veces, da la sensación de que todo guión es escrito por una señor/señora mayor que puede recordarnos a los pensamientos de nuestros padres o abuelos estilo: “deja ya la maquinita”, “te va a dejar ciego”, “no compartáis tantas cosas”, etc, etc, etc. Detrás de cada guión se encuentra Charlie Brooker un señor de 45 años que intenta darnos lecciones de moral (de manera muy acertada) a través de cada capítulo.

Puedes empezar la serie cuando y donde quieras

Quizás te interese un capítulo dedicado a los videojuegos (3×02), uno a la política (1×01), a los celos (1×03) o a la muerte (2×01). Pero cada uno tendrá un toque especial que, a mí, me ha valido el tiempo que he estado viéndola. Eso no siempre ocurre, en una vorágine de nuevas series y sobre todo, de un boca a boca que no siempre es cierto. Me habían llegado muy buenas críticas sobre la serie y tenían razón dado que la estética es una auténtica locura, con ambientaciones que parece que salen de otro mundo, como mi capítulo favorito: San Junipero (3×04). Y la banda sonora no queda lejos, con un género para cada género de historia. No es lo mismo contar lo que esconde el Gobierno que lo que esconde una pareja y eso es de agradecer.

Sin embargo, también tengo mis dudas. Hay algún que otro fallo de argumentación (como en 2×04) que chirrían una vez visionado el capítulo y después, creo que el tono es excesivamente terrorífico y sobreprotector. A partir de la segunda temporada también se da de lado el recurso fácil del sexo que empezaba a oler en la primera. Aún así, parece que la serie esté sacada de una campaña publicitaria del Estado que quiera que leeamos más y chateemos menos. Que salgamos a la calle pero no con nuestro smartphone delante (recordemos cómo los medios demonizaban a Pokémon Go hace unos meses) y que todo lo que la tecnología nos ofrece es malo. Eso no es cierto, porque la serie es extremista y cualquier cosa extremista, por ende, es falsa.

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Nadie nos pone una pistola para seguir hablando con nuestro teléfono, quizás la persona que tengamos delante en una reunión familiar no sea merecedora de unos minutos de atención y miremos a un espejo negro para pasar el rato. Quizás después de un día de estrés en el trabajo, la universidad, o en nuestra propia casa, queramos desahogarnos pegando tiros. Pero no saco de ello una nota de deshumanización. Sino, de que la sociedad nos saca siempre lo más humano de nosotros. La mentira, el placer, el vicio, la venganza, la humillación, la vergüenza o el miedo son sentimientos humanos que no hacen más que expresarse de diferentes formas a través de la tecnología. Y de ello, no hay nada malo.

Otra cosa sería si un Gobierno futuro no nos permite hacer nada (algo que suele suceder en la serie) o que las parejas se rompan por mil y un motivos. Pero la tecnología no tiene la culpa. No es un demonio. Todos tenemos el raciocinio suficiente para saber dónde está el límite. Y si el límite se cruza por nuestra propia consciencia, la tecnología no es la que tiene que cargar con nuestros males. Por ello, Black Mirror es un ejemplo que debe de ser analizado pero no creído, de reflexión como la historia es leída para que no se vuelva a cometer los errores del pasado. Pero sin riesgo, no hay gloria y no por ello debamos tener que encerrarnos en una cueva medio medieval para evitar las pantallas y los espejos negros. Quizás la rotura del espejo sea la mejor metáfora para Black Mirror. Un espejo que se rompe siempre que nosotros lo permitamos. 9/10.