ARCTIC MONKEYS: LA AUTOCONCIENCIA DE LA CRÍTICA
CUATRO ESTRELLAS DE CINCO

Alex Turner es mucho más que Arctic Monkeys, prueba de ello fue la fundación de The Last Shadow Puppets (grupo que forma con Miles Kane, otro artista británico) hace ya diez años. Ambos consiguieron sacar dos discos, bastante notables, como proyecto independiente a los Monkeys. Sin embargo, y a pesar de que con canciones como “Miracle Aligner” (2016) conseguían afrontar otro sonido sin casi atisbo de una crítica por ello, por el contrario, el grupo de Sheffield se ha visto bastante vapuleado con el lanzamiento de su sexto LP: Tranquility Base Hotel & Casino (Domino Records, 2018).

Al parecer el mismo público que escuchó sus proyectos alternativos es más compasivo con el resultado del nuevo álbum mientras que los muy aférrimos a AM (Domino Records, 2013) se encuentran bastante disgustados con lo escuchado recientemente de la banda. Esto se debe a un cambio muy grande de sonido: hemos pasado de las guitarras a los sintes suaves y pianos y a una lírica mucho más enfocada a la madurez y al jazz bar que a las juergas rockeras con bien de guitarras potentes como ocurrió ya hace CINCO años. Es increíble, que aquí en Warclimb ya hablábamos de su sempiterna madurez en este artículo de 2009: Arctic Monkeys en España

El caso es que una vez que te quitas de encima los prejuicios con el álbum, este es muy disfrutable. Recomiendo utilizar la página Genius que, canción a canción, extrae el mensaje de unas letras poéticas que combinan lo mejor de las referencias de Turner: Leonard Cohen, The Strokes y Mark Zuckeberg.

Sí, la tecnología tiene muchísimo que ver con la temática del album. Turner parece que se ve envuelto en un mundo apocalíptico y derrotista donde los humanos que lo habitan están completamente obnubilados por las luces de los smartphones y lo que estos contienen: redes sociales a doquier. Se desvaloran todo tipo de aplicaciones desde Instagram (al ver que los haters vapulean a su actual novia y hace una crítica de ello) hasta un Facebook que lo sintetiza en un “gran muro” donde aún tiene pegadas las fotos de sus antiguos amigos.

Parece que la popularidad y la fama ya no es lo que más le gusta al cantante, y si tengo que aceptar alguna de los argumentos a desfavor que se han lanzado contra el album precisamente es que suena a un proyecto más personal que grupal. Alex deja entrever su falta de objetivos, de la frustación de lo que fue y ya no será, de sus sueños de niño pequeño, de dar el teléfono privado a una chica que le gusta y rezar porque no se le peten a llamadas y mensajes de desconocidos y de sentirse “cursi” solo por expresar sus sentimientos al borde de un piano Steinway and Sons.

La llegada de Trump a la Casa Blanca es otra de las líneas directas que el artista toma para realizar una reflexión en contra de un mundo demasiado dedicado a las guerras virtuales y a la ofensa en general. “Baby, but why can’t we all just get along?” pide fervientemente para que dejen de criticar a la chica a la que quiere, aunque Internet sea para él, un lugar enfermo lleno de haters por doquier.

Por ello sabe que en “Four Out of Five”, realiza una llamada ante los críticos que iban a echársele encima. Arctic Monkeys se adelantaron a los acontecimientos y pedían “cuatro de cinco estrellas” para un proyecto que sabían que no iba a contar con los aplausos de un público que llevaba cinco años saltando a base de riffs y pelos engominados. ¿Y qué decir, dentro de la misma canción de la alegoría a tener un buen vuelo y lo que él pensaba que sería un viaje casi a lo Interstellar? ¿O acaso la velocidad a la que ya viajamos, no nos acerca acaso a un futuro de lujos y comodidad mientras un país da vueltas debajo o al lado nuestra? La fantasía de la rutina del viaje lejos de casa, y la comparación con la ficción del cine, como consuelo y alegoría para el miedo a la hora de moverse a miles de kilómetros en un avion día sí y día también. De ello viene el título del album, una Tranquility Base que fue el seudónimo que se le dio a la base lunar que pisó el hombre por primera vez en 1969, y de cómo un hotel y un casino allí, haría una perfecta utopía de la que nadie querría bajarse ante una Tierra infestada con una sociedad y política que el grupo critica.

En algún momento, Turner parece afirmar que Internet “ha dejado las calles vacías” y a ello se suma una paranoia de quien ha sido rechazado socialmente por no formar parte del círculo. Mis frases favoritas del álbum son pertenecientes a la última canción, “Ultracheese” haciendo alusión a lo cursi que era para él escribir esta obra:

“Still got pictures of friends on the wall
I suppose we aren’t really friends anymore

Maybe I shouldn’t ever have called that thing friendly at all
Get freaked out from a knock at the door
When I haven’t been expecting one

Didn’t that used to be part of the fun, once upon a time?
We’ll be there at the back of the bar
In a booth like we usually were
Every time there was a rocket launch or some big event”

“Todavía tengo fotografías de amigos en el muro

Creo que ya no somos tan amigos

Quizás no tenía que haber llamado a esa cosa amistosa de ninguna manera

Asustado por un toque a la puerta

Cuando no esperaba ninguno

¿No solía ser eso parte de la diversión, hace un tiempo?

Vamos a volver a la parte de atrás del bar

En una cabina como solíamos estar 

Cada vez que había un lanzamiento de un cohete o algún evento grande” 

Veo muchas cosas en esta primera estrofa. ¿Quién no ha tenido fotos de amigos ya, casi desaparecidos, esperando a que la suerte cambie y volváis a ser quiénes erais aunque ya hayan pasado muchos años? ¿Es acaso no lícito ver aquí un abandono, que el propio cantante, parece sorprenderse de un golpe en la puerta, dado que hace mucho tiempo que no ve a nadie? Parece que cuando se aleja de los círculos sociales de fiestas y Internet, el artista reflexiona si acaso no tomamos ciertas riendas no por gusto personal sino estrictamente social. El avatar de Internet no suele estar a la altura del real, y Turner lo sabe y en esta estrofa parece ilustrar un día cualquiera, tumbado en la cama, sorprendido por que alguien, por fin, se acuerde de él.

 

La imagen del grupo ha cambiado y evolucionado a lo largo de los años. Si la promoción del título ha sido tirando más bien a la baja, es porque sabían que se les iban a echar encima con otra vuelta de tuerca a su propio concepto. “Parecen profes de filosofía” igual que hace cinco años “parecían rockeros” y anteriormente “rebeldes” y un largo etcétera. Ya lo hemos visto antes, no tenemos que remontarnos hasta hace tanto: Arcade Fire sacó un regular album el año pasado “Everything Now” (Sonovox Records, Columbia Records, 2017) que alegaba a otro nuevo concepto de publicidad, casinos y estética laboral para hablar de la industria musical. Personalmente, en ese album sí que vi una falta de esfuerzo mientras que en el último de Arctic Monkeys hay un gran trabajo lírico que puede verse poco recompensado por una falta de estribillos o estructuras más claras, o al menos, más cercanas a lo que ya habíamos escuchado del grupo de Sheffield.

Si entras sin prejuicios y sin leer nada antes habrás cumplido la regla básica para escuchar este album. Aquí hay un trabajo personal que habla más allá de los típicos monotemas del amor, desamor y soledad. Se habla de lo que supone la vida del siglo XXI, la nostalgia por la ciencia ficción (quién sabe si también la búsqueda de algo parecido en la actualidad) y el embargo de la voluntad humana por los likes, los retweets y la hipocresía de ser en Internet alguien que no somos.